Daniel Mora dice que ya pudo digerir las noticias sobre Alejandro Toledo y las acusaciones de haber recibido millonarios sobornos de Odebrecht. El ex militante de Perú Posible en la siguiente entrevista señala que nunca se creyó del todo las excusas que el ex presidente ofrecía para justificar las inversiones a nombre de su suegra, Eva Fernenbug.

Usted casi no ha declarado sobre el caso de Alejandro Toledo. Imagino que le tomó su tiempo digerir todo.

Me llevó unos días.

¿Y cómo lo ha tomado?

Como casi todos los que hemos sido militantes de Perú Posible (PP), estoy desencantado. A Alfredo Bryce, que es un buen escritor, se le perdonan sus tragos. Igual me pasaba con Toledo. Pensaba que podía cargar todas las debilidades posibles, pero nunca me lo imaginé mezclado en algo así.

¿Las pruebas presentadas por la Fiscalía son suficientes?

Yo creo que los indicios son comprometedores. Claro, todos se imaginan a Toledo condenado como culpable, aunque la investigación recién se está iniciando. Por lo pronto, él ha preguntado: ¿dónde está la cuenta a mi nombre?

Nadie que roba pone el dinero a su nombre.

Lógico. Por eso, lo mostrado deja la sensación de que se ha descubierto el eslabón que faltaba.

Así se cierra el circuito del dinero...

Sí. Este caso nos tomó por sorpresa. Para empezar, yo no entendía por qué el presidente Toledo necesitaba comprarse una casa en Las Casuarinas, si la que tiene en Camacho es lo suficientemente grande para dos personas. Pero en fin, frente a sus reclamos de que los congresistas no lo defendíamos con suficiente pasión yo le exigí que nos dijera la verdad.

¿Y qué les dijo?

Que su suegra era, en la práctica, una asalariada de Maiman, que él le pagaba un salario mensual para que pudiera mantenerse y que, a cambio, ella se encargaba de buscarle bienes inmobiliarios en distintos países. Y cosas por el estilo.

¿No le generó ninguna duda una versión así de extraña, de que la señora Fernenbug oficiara de agente inmobiliaria de Maiman?

Me quedó la duda siempre. Y, realmente, muchas veces, se lo digo con mucha honestidad, rehuía a la prensa para que no me hicieran preguntas al respecto.

¿Por qué?

Porque no tenía el convencimiento. Yo solo puedo salir a defender algo cuando estoy plenamente convencido.

Y si no creía mucho en la versión de Toledo, ¿por qué se mantuvo dentro de PP?

Es que tenía una duda, es verdad, pero también habíamos escuchado a los abogados, con quienes nos reunimos varias veces en el estudio Valle Riestra, y nos decían lo mismo. Ojo, yo no era de la simpatía del presidente Toledo, y nunca lo fui en realidad, porque le decía las cosas de forma muy directa y eso no le gustaba. Yo decido irme del partido cuando empiezan las discrepancias sobre las leyes de educación...

Que usted promovía.

Así es. En el 2012 yo estaba trabajando en la ley de reforma magisterial, un anhelo del partido porque, incluso, estaba en su programa de propuestas. Sin embargo, alguien llamó a Toledo hasta Stanford para pedirle que la bancada se opusiera. Toledo acusó recibo, se comunicó con el vocero de la bancada y ordenó que se vote en contra. Yo le tuve que pedir explicaciones. Recuerdo que marqué su teléfono al lado del mismo vocero, Mariano Portugal. Lo negó todo. Me estaba mintiendo, por cierto. Ese fue mi segundo encontrón con él.

¿Y cuál fue el primero?

Cuando le dije que le gustaban demasiado los franeleros, los que lo trepaban. Digamos que esperé por el momento más oportuno para irme del partido. Eso ocurrió cuando Toledo se plegó con los rectores más mafiosos de todo el sistema universitario. Ahí las diferencias se hicieron todavía mayores, hasta que llegó la ruptura. Mucha gente me decía que debía abandonarlo, desde antes, porque Toledo no tenía cura. Qué le puedo decir, supongo que guardaba la esperanza de que quedase un resquicio del hombre que había sido una figura internacional.

¿Cree que debió irse antes de PP?

A estas alturas, sí. Siento que debí haberme ido, por lo menos, un año antes.

¿Había dos Toledos?

Yo creo que sí. Uno para las tribunas, teatral, que besaba la bandera, que levantaba los brazos para orarles a los apus y, al mismo tiempo, otro que no creía en nada de eso y que tenía otras prioridades.

¿Qué ocurrió para que Toledo cambiara y desilusionara a quienes confiaron en él?

El punto clave es el ejercicio del poder. Uno tiene que estar preparado para algo así. El que no está asentado psicológicamente, el que no está fortalecido con valores, va cayendo en la soberbia, en el envanecimiento y, más tarde que temprano, se va creyendo un dios, un Pachacútec. Y es peor cuando a ese líder sin preparación lo va rodeando un grupete de adulones.

¿Ha hablado con militantes de PP?

Me invitaron a una reunión algunos, aunque saben que ya no soy del partido. Había unos cincuenta. Y entre los que hablaron, algunos rompieron a llorar durante sus intervenciones. Es que la rabia da ganas de eso. Le recuerdo que Toledo representaba una esperanza. Con él se luchó contra la corrupción instalada en el fujimorismo. Y si bien unos lloraban por desencanto, otros lo hacían porque, en el fondo, todavía creen en la inocencia de su líder.

¿Qué piensa de Toledo?

Primero, quiero decirle que el gobierno de PP fue bueno. Pero Toledo no fue el líder que pensábamos. Nuestra historia está llena de estos casos. ¿La historia lo absolverá? No lo sé. Lo que sí sé es que la historia lo olvidará, como olvidó a muchos. Debe estar pasando un momento espantoso, porque supongo que nunca se imaginó que se pondría un precio por su cabeza. 

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