A raíz de la disputa en torno al currículo escolar una consigna ha venido circulando profusamente durante estos días: “Ser intolerantes con la intolerancia”. Oponer la intolerancia a la intolerancia, contribuye borrar las áreas grises de la realidad y esta termina convertida en la oposición blanco/negro; de un lado los buenos, y del otro los malos.

Entonces terminan copando el escenario las posiciones minoritarias, las fundamentalistas de uno y otro color, mientras que la mayoría, que suele situarse en un espacio gris, ni completamente blanco ni cerradamente negro, es obligada a alinearse con las posiciones extremistas. Son numerosas las quejas de quienes se sienten insultados y agredidos por una minoría ilustrada.

El argumento que justifica oponer la intolerancia a la intolerancia, es que esta hace daño a la sociedad, legitima los maltratos, la persecución e incluso el asesinato contra personas y grupos discriminados y por lo tanto no debe ser tolerada en una sociedad democrática. Pero cierra el espacio al debate que debiera permitir convencer a la mayoría de padres de familia de que sus preocupaciones son infundadas y lo que se busca es construir precisamente una sociedad tolerante, que no discrimine y garantice los derechos de todos.

Debemos ponernos de acuerdo sobre qué denominamos “intolerancia”. Quien emite opiniones, aún si estas nos parecen repulsivas, ejerce un derecho consagrado por la Constitución. Se puede criticar sus posiciones, denunciarlas, rebatirlas, polemizar con ellas, pero no silenciarlas, pues estas están legalmente protegidas dentro de los límites que la propia ley define. Las declaraciones que incitan al odio, la violencia y la discriminación, por ejemplo, están explícitamente sancionadas y es nuestro deber como ciudadanos exigir que la ley se cumpla.

Pretender negar derechos a quienes tienen una orientación sexual distinta a la heterosexual dominante viola derechos consagrados por la Constitución: “Nadie debe ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquiera otra índole” (Artículo 2, inciso 2). Esto vale tanto para las opiniones como para la orientación sexual.

El Código Penal es igualmente claro: “Será sancionada penalmente la persona que discrimine a una o más personas y que incite o promueva en forma pública actos discriminatorios con el objeto de negarle el goce o ejercicio de un derecho” (Artículo 323°).

Existe una legítima preocupación por el avance conservador que revela la lucha entablada por sectores evangélicos fundamentalistas en torno al currículo escolar. Hay lecciones que podemos aprender de la experiencia que llevó a Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos.

Trump como candidato violó todos y cada uno de los principios democráticos que en EEUU eran considerados conquistas históricas irreversibles. Era un patán machista, que alardeaba de serlo, xenófobo militante, rodeado de un entorno de racistas calificados, capaz de decir las mayores barbaridades y mentiras públicamente, con total impunidad: la invención de la categoría “hechos alternativos” para calificar a sus mentiras da una medida de hasta dónde descendió la exigencia de verdad de la opinión pública norteamericana.

El análisis convencional asumía que la suma de semejantes defectos acabaría con cualquier candidato. Sin embargo Trump derrotó no solo a su rival electoral sino al sentido común progresista, que se mostró incapaz de entender qué estaba sucediendo.

Una pista interesante a seguir es que a su triunfo se le caracterizó como “una rebelión contra la corrección política”. Las encuestas previas a las elecciones fracasaron porque muchos electores que públicamente declararon con “corrección política” que votarían contra Trump, luego en el secreto de las cámaras de votación le dieron el respaldo que lo llevó a la presidencia.

La lucha por introducir cambios en las subjetividades conservadoras durante las últimas décadas se ha concentrado en el combate contra lo “políticamente incorrecto”, buscando erradicar palabras, expresiones, gestos y actitudes políticamente condenables, como las manifestaciones racistas, machistas, sexistas y discriminatorias en general. La erradicación de lo “políticamente incorrecto” resultaba así un importante indicador de los avances en la lucha por la construcción de una sociedad democrática, justa e inclusiva.

El problema es que aquello que es reprimido no es erradicado verdaderamente. Los postulados condenables no desaparecen sino se ocultan en lo profundo de la psiquis, listos para emerger cuando haya condiciones propicias, como puede ser la presencia de un caudillo populista que se atreve a decir aquello que muchos piensan pero no se atreven a decir, o se articula un movimiento político conservador utilizando justificaciones religiosas para intentar mantener un orden discriminador y excluyente. Freud caracterizó este fenómeno como “el retorno de lo reprimido”.

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