@elzejo

Martin vivía del seguro del paro. Se podía pensar que él era un artista próspero, rodeado de mujeres y con personalidad sólida y hasta un poco exagerada por esa aparente prosperidad. Había regresado de celebrar el aniversario de bodas número 39 de sus padres. Se quitó el saco y fue a la máquina de escribir.

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Querida Dayana:

La cocinera del restaurante al que íbamos a almorzar cuando estábamos juntos todavía cree que compartimos el tiempo. No la desmiento. Creo que, en el fondo, ella sospecha que lo nuestro se terminó hace un par de años, pero que me alegra recordarte como si nada hubiese ocurrido. “Va bien en el trabajo, la admiro, la quiero”, le digo.

Salgo de almorzar y doy dos vueltas a la plaza del centro pensando, como dirían mis padres, que “el amor se trabaja, se recupera, se mantiene y reflorece”. Sonrío un rato al recordar nuestra primera cita. La primera vez que toqué tu cabello, nervioso, ansioso, hablando sandeces y contándote mis logros personales para que vieras que era un “buen partido”.

Recuerdo la primera vez que nos besamos, por mi cumpleaños. Es el regalo más hermoso que alguien me haya podido entregar. Quería llevarte a un hotel esa noche, pero tú, mis amigos y mi hermana, me aconsejaron que no era lo mejor. Estuvimos. Pasaron años y un día me dijiste que lo mejor era separarnos. Lloré mucho. Luego idas y venidas. Torpezas del que no quiere separarse cuando la realidad avasalla.

Extraño verte despertar. Extraño cuando me abrazabas al contarte alguna mala noticia. Cuando, contenta, esperabas a que preparara la cena. Creo que no hicimos un buen equipo porque antepusimos nuestros intereses y fortalecimos nuestra incapacidad empática. Nos guardamos sentimientos.

Nosotros, como la sociedad, nos hemos dejado arrastrar. Llamamos experiencia a aquello que guardamos como traumas. Es cierto, como dice Bauman, también, que en el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda.

Eres más que eso. Aún tengo la silenciosa esperanza que podemos hacerlo juntos. Además, porque unos une...

Sonó la puerta. Eran los polis y el embargo: siempre se llega tarde a todo, pero se llega, Martin, se oyó del otro lado.

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