La crisis no acaba, las lluvias continúan furiosas, irreprimibles, los ríos se desbordan, los huaicos se lo llevan todo a su paso. Se viralizan imágenes y videos alrededor del mundo de un Perú que parte el corazón en pedazos. Entonces, sumando con ingenio al drama, el alcalde de Lima aparece con un guion como salido de una comedia escrita por una manga de borrachos, ignorantes todos del drama que se vive fuera del bar (que, amarillento por el ‘ensuciamiento’, apesta a meado). No he oído a otros líderes regionales, pero sospecho que habrá varios improvisados también, ansiosos por hacerse de algún botín de ‘reconstrucción’, indolentes frente al dolor ajeno, incapaces de asumir alguna responsabilidad porque no terminan de entender lo que supone ser un servidor público. Y eso –cómo evitarlo– enfurece. Y preocupa.

Pero de pronto se encuentra uno con que las Fuerzas Armadas han desplegado por todo el territorio nacional a mujeres y hombres que llevan en el alma una sola consigna: darlo todo por el país. Son corajudos héroes entrenados y dispuestos a ponernos a salvo en las circunstancias más adversas. Y ahí están, eficientes y apasionados, cubiertos de lodo, demostrando de qué están hechos; resumiendo: de valor y honor.

Y después de meses de un estado de sopor, como si la victoria electoral les hubiera sedado, el gobierno de PPK por fin ha despertado. En medio de la tragedia se yerguen sus ministros, con las camisas remangadas, trayendo esperanza. El Estado está haciendo lo suyo. Nos toca, entonces, responder con donaciones y con calma.

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